miércoles, 10 de septiembre de 2008

Los motines del 2 de mayo



LOS MOTINES POPULARES DEL 2 D E MAYO EN MADRID
(DEBATE SOBRE SUS PARÁMETROS HISTÓRICOS )

Marcelino Cardalliaguet Quirant

La conmemoración y obligado recuerdo del “Bicentenario del Dos de Mayo de 1808 en Madrid” nos ha llevado a plantear en nuestro programa de actividades de la Sección de Historia algún acto, exposición, publicación o memoria de aquellos acontecimientos que tuvieron la virtud de trastocar el decurso de la Historia de España, y de cambiar radicalmente también la de Europa; ya que sus consecuencias imprevisibles rebasaron con mucho los límites nacionales con la derrota de Napoleón Bonaparte, y se proyectaron sobre una Historia que ya comenzaba a ser Universal.
La Guerra de Independencia española - o la “Guerra Peninsular” como la llamaron ingleses y franceses - desde 1808 hasta 1814, ha merecido ya la atención de numerosos autores, propios y extraños, que la han descrito con todo lujo de detalles en su comienzo, desarrollo y finalización. Ha sido objeto, a lo largo de estos doscientos años, de incontables análisis, investigaciones documentales e interpretaciones desde todos los posibles puntos de vista; lo cual nos libera aquí de narrarla o referirnos a ella, copiando y repitiendo lo que ya se dice en libros, manuales, revistas o enciclopedias - incluidas las de “Internet” - en donde ha quedado reflejada en cada una de sus dimensiones y secuencias.
Cualquiera de nosotros conocemos ya sobradamente este pasaje tan peculiar y repetido de nuestra historia; aunque, desde niños nos dieran una versión muy manipulada y rebozada de nacionalismo folclórico y de catolicismo nacional, un tanto rancio y traspillado, aderezada con “Sitios de Zaragoza” - compuestos por músicos extremeños - o con “jotas baturras” en las que la Virgen del Pilar…”no quiere ser francesa, que quiere ser capitana de la tropa aragonesa”, y cosas por el estilo.

Así pues, el objeto de esta charla y de la Mesa Redonda, o debate conceptual que después se plantee, no es la narración de la Guerra, ni el relato de heroicidades coloreadas por el entusiasmo patrio, sino el hecho puntual del levantamiento violento del pueblo madrileño el 2 de mayo de 1808, que fue el acontecimiento que dio lugar al conflicto posterior de aquella compleja e interminable Guerra, que arrasó al país de una manera tan notable y completa, a comienzos del siglo XIX.

El “Dos de Mayo” ha sido ya tratado desde todos los ángulos posibles, y ha sido representado con toda la fuerza de su inmenso dramatismo por los buriles y los pinceles magistrales de Goya, en sus geniales cuadros y grabados. Quizá, en uno y en otro caso, se exageraron sus aspectos más sangrientos y se teatralizaron notablemente sus distintas escenas, hasta desfigurar un poco su verdadera dimensión histórica. Tengamos en cuenta que en una población de unos 170.000 habitantes, que se supone que entonces tenía Madrid, solamente participaron en los altercados callejeros unos miles - 4 ó 5.000 quizá - y que la inmensa mayoría de los madrileños permanecieron en sus casas, observando, como mucho, a través de los balcones, las terribles escenas callejeras, con la esperanza de que la Autoridad competente pusiese orden y concierto en aquella vorágine de patriotismo luctuoso.

Solamente en puntos muy concretos de la ciudad, como la Plaza de Oriente, la Puerta del Sol, la Puerta de Toledo, el acuartelamiento de Monteleón, la calle de San Bernardo, etc. - se produjeron hechos sangrientos entre las clases populares y la guarnición francesa, que ocasionaron algunas decenas de muertes en ambos bandos; aunque la propaganda posterior elevase su número para justificar acciones y reacciones desproporcionadas, que fueron, sin duda, los datos más manipulados y crueles.

El que estos altercados madrileños diesen lugar al estallido de la Guerra de Independencia solo parece deberse a la torpeza y desmesura de la represión francesa, en la propia jornada del 2 de mayo y en la madrugada del día 3, en los cerros y prados del Monte Príncipe Pío, cerca de la Moncloa, fusilando a varios cientos de gentes sencillas, ancianos, mujeres, frailes y adolescentes; que fue lo que provocó la furia y deseos de venganza de los pueblos vecinos, como el famoso “Bando” de los alcaldes ordinarios de Móstoles, animando al levantamiento, y la respuesta de todas las regiones y ciudades donde se conoció la noticia de estos fusilamientos. Curiosamente, iba a ser en Extremadura a donde llegase con mayor prontitud, ya que uno de los redactores del documento, Esteban Fernández de León, despachó al correo Pedro Serrano hacia Cáceres, desde donde llegó la proclama a toda Extremadura y a Andalucía.
Estudios serios, aunque apasionados, que se escribieron sobre el “Dos de Mayo” en Madrid son los que redactaron autores coetáneos, como don José María Queipo de Llano, Conde de Toreno, o don Antonio Alcalá Galiano, que fueron testigos de los hechos.
En nuestros días también han destacado artículos, investigaciones y libros de reconocidos historiadores, como don Miguel Artola Gallego, Ricardo García Cárcel, Manuel Moreno Alonso o Arsenio García Fuentes, para no citar más que a los ilustres profesores de nuestras Universidades que nos ofrecen la mayor confianza y respeto en su trabajo.
Pero el “Dos de Mayo” también ha dado pábulo a ciertas invenciones, elucubraciones y fantasías con tramas, intrigas y contubernios - adivinados o inventados para dar mayor misterio a los acontecimientos - como los que apunta los profesores Emilio de Diego y Fernando García de Cortázar, en los que todo el dramático y sangriento pasaje madrileño fue provocado y planificado por turbios conspiradores secretos, agentes que actuaban en nombre de Fernando VII o del gobierno inglés; que habían creado redes ocultas de agitadores y esbirros pagados, compuestas por militares, aristócratas, curas y otros fanáticos de clara procedencia masónica y liberal.
Desde otros planteamientos - también desde el centralismo patrio de los elementos más conservadores del Régimen anterior - vieron y explicaron los motines madrileños como explosiones populares de “españolismo” acendrado e indómito liberalismo en defensa de los valores de la Patria y de Dios, frente al invasor ateo, descreído y extranjero que pisoteaba los más sagrados destino de la Madre Patria.
Son los mismos planteamientos que se están exaltando ahora, en la Comunidad Autónoma de Madrid, en las actuales celebraciones del II Centenario, a través de “Tele-Madrid” y sus curiosos programas; o en calles, teatros y plazas, a base de seguir recomponiendo lo que fue la historia real de los hechos.
Aquí no nos vamos a mover en estos parámetros; aunque, quizá echemos mano de todos ellos para suscitar el debate y aclarar los puntos en sombra que aún permanecen sin aclarar, como en cualquier pasaje histórico.
En primer lugar, en nuestro análisis de este acontecimiento nos vamos a atener a las leyes y planteamientos teóricos de la propia Historia, como Ciencia y Método para el conocimiento del pasado de los grupos sociales; lo cual nos exige fijarnos en las llamadas “Leyes de Causalidad” que establecen que todo hecho histórico tiene necesariamente unas causas complejas e indeterminadas, que son las responsables de su existencia. Ningún evento del pasado se produjo aisladamente, de repente, sin vinculaciones cronológicas o estructurales con otros eventos anteriores - próximos o remotos - que le hicieran posible. Lo que podemos denominar “Fenomenología Histórica” en su conjunto, son datos, fechas, acontecimientos y personas que se relacionan siempre de causa a efecto, encadenándose a través del tiempo. La “Lógica Histórica” es la que se explica y se justifica entre causas y efectos, o consecuencias, dando unicidad y continuidad a lo ocurrido.
Hegel lo llamó “Dialéctica de la Historia”, y se resuelve estableciendo las hipótesis o búsquedas de las causas, entre las numerosas posibilidades que nos ofrecen las acciones humanas y en la determinación de sus efectos o consecuencias; que, a su vez, serán causa de nuevos eventos o tesis en los que se coordinen unas y otros.
¿ Cuáles fueron las causas y antecedentes del “Dos de Mayo en Madrid ‘?

He aquí una cuestión esencial y básica, que cada autor ha respondido con datos y soluciones muy variados.


Antecedentes del “Dos de Mayo” conocemos uno casi calcado, que nos puede dar pautas para nuestra reflexión causal: El “Motín de Esquilache” que se produjo en Madrid en marzo de 1766, contra aquel ministro siciliano de Carlos III, en que el populacho de los barrios periféricos, agobiados por la escasez de alimentos, por la carestía y los altos precios del trigo y por otros incordios sociales - cambios de costumbres higiénicas, cambios de vestuario, etc. - que ellos atribuían a que los Secretarios del rey eran extranjeros, “reformistas” y descreídos, fueron azuzados a la rebelión y al enfrentamiento violento con la Guardia de Corps del Palacio Real, amenazando con una “revolución” que hubiera sido antecesora de la francesa.
El “Motín de Esquilache” tuvo repercusiones en toda España durante el mes de abril, al conocerse los acontecimientos de Madrid. En sus reivindicaciones pesaron más los sentimientos “nacionalistas” y “conservadores” de las masas populares desinformadas y analfabetas, que querían sobre todo la destitución del ministro Leopoldo de Gregorio, que un verdadero plan de mejoras sociales o económicas que solventasen los problemas de mercado o de avituallamiento.
Tres fueron los elementos que causaron el “Motín”
1. Carestía de los alimentos y hambres en toda España a causa de la saca de los pósitos de los pueblos y de las contribuciones para la guerra contra Inglaterra, en la que España se enroló por el “Pacto de Familia” con Luis XV de Francia.

2. Intentos desde el poder de cambiar viejas costumbres y valores: Supresión de capas largas y sombreros de ala, fiestas populares en los aledaños de Madrid, prohibición de ciertas prácticas higiénicas.

3. Carácter u origen foráneo de quienes planteaban las reformas, mayoritariamente napolitanos ilustrados y “regalistas” que ya se habían enfrentado al Papado en Nápoles, sosteniendo que las “Regalías” de la Iglesia pertenecían al Rey.

Sin duda pudo haber más causas concomitantes, pero estas tres se mantuvieron en ambos episodios, aunque los personajes concretos, como es lógico, variasen.

Para soslayar aquella destartalada “revolución” Carlos III, desde Aranjuez, se sometió a las peticiones populares: despidió al marqués de Esquilache y a otros de sus colegas, suspendió los cambios en las costumbres de los madrileños - costumbres bastante antihigiénicas, por cierto - y bajó los precios del pan y las contribuciones de los pueblos para el sostenimiento de las guerras contra Inglaterra; guerras que, a la larga, fueron un desastre para España.
Inmediatamente entregó el poder y el Consejo de Estado a varios Secretarios del Real Despacho españoles, ilustrados, “afrancesados” y con un gran sentido populista, como fueron Aranda, Floridablenca, Campomanes, Jovellanos, etc. Estos atribuyeron inmediatamente el “Motín” a los jesuítas y a los sectores más conservadores y tradicionales de la vieja nobleza castellana, que veían peligrar los antiguos privilegios y los principios ideológicos y religiosos de épocas anteriores; lo que determinó, la expulsión de los primeros - que ya habían sido expulsados de Portugal y Francia - y el “destierro” de la Corte de los segundos, que marcharon a sus enormes posesiones señoriales y se ruralizaron.
Aquel pasaje histórico podemos decir que “se cerró en falso”; las condiciones sociales, económicas y culturales del pueblo no cambiaron en nada, y unos años más tarde, ya con Carlos IV en el Trono y con el poder en manos de Godoy, se volvieron a repetir los parámetros o condiciones para que se reavivase el malestar popular.

España se comprometió de nuevo en un “Pacto de Familia” con Napoleón Bonaparte - ironías de la Historia: Napoleón había cooperado a que los primos de Carlos IV, los Borbones franceses, fueran guillotinados en París - por lo que Godoy también había ordenado sacar todo el trigo de los silos o pósitos de los pueblos para proveer a la flota; había cargado con nuevos impuestos a las gentes para levar ejércitos; nuevamente el hambre y la carestía azotaban a las gentes más humildes, mientras en Trafalgar se hundía todo el poder español y se derrochaban los últimos recursos de España como potencia europea y americana.
Otras medidas económicas para sostener la guerra contra Inglaterra habían arruinado el Erario Público,, y Francisco Cabarrús se inventó el primer “papel moneda” en España: los “Vales Reales”, para sustituir al dinero metálico y para absorber la enorme Deuda Pública que anulaba totalmente los presupuestos del Reino. ¡Una ruina para todos!
Ya había en el país cierto resquemor y desconfianza - especialmente en los sectores religiosos y tradicionales - de que los “afrancesados” estaban introduciendo cambios de costumbres, de ideas, de creencias y comportamientos que afectaban a la entraña misma del catolicismo fanático que la Inquisición y los obispos habían implantado en España. La Inquisición promovió procesos contra los principales “afrancesados”: Pablo de Olavide, Agustín de Macanaz, Francisco Cabarrús, etc. y en la Iglesia se hicieron depuraciones muy contundentes, de las que nos habla José María Blanco White en sus “Cartas desde España”.

Pronto, a este estado de malestar se sumaron las noticias de los Pactos de Fonteneblau y de San Ildefonso, que eran lo mismo que entregar el gobierno de España a las fuerzas extranjeras napoleónicas, lo que provocó el llamado “Motín de Aranjuez” de marzo de 1808. Como el de Esquilache, este Motín también lo hicieron los sectores más bajos y populares de aquella ciudad madrileña, a la que solían retirarse a descansar los reyes, contra una persona concreta: Manuel Godoy, convertida en “cabeza de turco” de todos los males que afectaban a la gente desinformada y analfabeta; como en la anterior ocasión lo había sido Leopoldo de Gregorio.
En Aranjuez parece probado que sí intervinieron activamente los curas, desde los púlpitos, y la “camarilla del Principe”; es decir los aristócratas cortesanos contrarios a cualquier cambio en los modos y privilegios del pasado; que veían amenazados por las reformas que quería imponer “El Choricero” de Badajoz, amparándose en los pactos suscritos con Napoleón.
Carlos IV quiso salvar La Corona abdicando en su hijo Fernando, y amparándose en el Emperador francés, bajo cuya protección se colocó, marchando a Bayona. El Príncipe Fernando también firmó con Bonaparte un acuerdo por el que recibiría un castillo en Valençey y un millón al año, abdicando, a su vez, la Corona española en el Emperador; quien la cedió a su hermano José que era rey de Nápoles y pasaría a serlo de España.


Solamente Godoy perdió lo que tenía y lo que esperaba, quedando en la más absoluta ruina, que es como murió años después, en 1851.
El Dos de Mayo

El “Dos de Mayo” de Madrid fue realmente el mismo “Motín de Aranjuez” dos meses más tarde; pero sin contar ya en el escenario ni con los reyes, ni con el Príncipe, ni con Godoy; aunque el resto de las fuerzas actuantes si que permanecieron vigentes en el escenario más grande de la Capital del reino; que entonces debía tener más o menos, unos 170.000 habitantes, según cálculos muy aleatorios.

Ni un solo cambio estructural, social o económico se había producido a lo largo de estos cuarenta y un años que separan el “Motín de Esquilache” del de Aranjuez-Madrid; con lo que podemos colegir que las mismas causas determinantes e indirectas que provocaron aquel episodio en tiempos de Carlos III, fueron las que volvieron a soliviantar al pueblo contra reformas y novedades a comienzos del siglo XIX; puesto que habían permanecido latentes durante casi medio siglo. Las causas desencadenantes y más directas del evento fueron las que la historia tradicional suele conceder mayor relieve: el traslado de la familia real a Bayona y, en concreto, la salida del Palacio Real del Infante don Francisco de Paula, el hijo más pequeño de Carlos IV.
Los autores actuales han aportado quizá nuevos enfoques y planteamientos que, - a nuestro modo de ver, - responden mejor a la realidad concreta de aquel pasaje. Los más feroces amotinados, los que acuchillaban franceses en la Puerta del Sol, en la Puerta de Toledo, en la calle de San Bernardo o en la Plaza de Oriente; enfrentándose con cabriteras, hoces y garrotes a la Guardia de Mamelucos y a los Granaderos enviados por Murat para repeler a los madrileños, que trataban de impedir que se llevasen al Infante, fueron minorías de los barrios marginales, azuzados por el hambre y la carestía, que intentaron provocar un “río revuelto” en el centro de la ciudad para saquear, alterar el orden y tratar de mejorar sus condiciones de vida.
Quizá también hubiera algunos “patriotas” partidarios de los Borbones, que pretendieran defender la Independencia de la Patria. Pero debieron ser muy pocos. En trabajos publicados recientemente, se dan hasta los nombres de los que murieron en las refriegas callejeras; y solo aparecen dos curas, cinco o seis hidalgos de clase media y los militares que, en el Cuartel de Artilleros de Monteleón, secundaron las acciones de Luís Daoíz y Pedro Velarde, sacando los cañones a la calle y disparando contra los franceses.
Los demás, la inmensa mayoría, eran desdichados sin oficio conocido o menestrales de los empleos más humildes y marginales; mujeres, igualmente de extracción humilde, trajineros, ganapanes, esquiladores, cuchilleros y otras gentes que habitualmente residían en los barrios suburbiales del pequeño Madrid “de los Austrias”.
Lo más grave de este pasaje histórico fue, sin duda, la torpeza de Joaquim Murat, cuñado y lugarteniente de Napoleón, y la absurda reacción de los franceses, tanto durante el Motín del 2 de Mayo, como en la madrugada del 3, en la montaña del Príncipe Pío, fusilando sin orden ni concierto, sin razón ni reflexión, a unos cientos de pobres desgraciados que, seguramente, fueron los que menos culpa tuvieron en las reyertas.
Joaquim Murat fue torpe y burdo al ordenar a la Guardia de Granaderos que atacase a la multitud en la Plaza de Oriente; lo mismo que otro de sus oficiales debió ordenar la carga de los Mamelucos en la Puerta del Sol. Hasta ese momento, el pueblo no había mostrado señales de querer matar o asesinar a nadie: solo mostrar su oposición a que el Infante don Francisco saliese de Madrid.
En el momento en que se derramó sangre española por parte de los franceses, las furias se desataron y corrieron por todo Madrid como un reguero de fuego y odio ya incontenible. De no haberse producido esta reacción francesa, y se hubiese devuelto a los miembros de la Familia Real al Palacio, quizá todo hubiese quedado en una manifestación popular, más o menos ruidosa, pero sin consecuencias; como ocurrió con Esquilache cuarenta años antes. Aunque en 1808 habría que haber reconocido a un nuevo rey, José I, que ya los Consejos y jerarquías del Reino habían aceptado y más de media España tenía por bueno.
Las autoridades de Madrid ni se movieron. Asumieron el cambio de dinastía. ^Pues los Borbones también eran franceses y habían invadido España cien años antes. Por contraste, los Bonaparte aparecían triunfantes en toda Europa y los Borbones habían perdido todos sus estados y reinos a lo largo y ancho del continente..
Los estamentos superiores y los obispos también aceptaron la nueva situación y no participaron en la revuelta. Las clases medias de profesionales, empleados y comerciantes preferían la paz y no meterse en nuevos conflictos ruinosos para la economía, por eso fueron tan pocos los que se enrolaron en los motines y asonadas. Solamente las clases bajas y populares se lanzaron a la vorágine combativa, equivocándose de objetivo y de enemigo. Pero cuando sonaron las primeras descargas de fusileros y Granaderos en la Plaza de Oriente y cayeron los primeros muertos españoles, la cosa cambió radicalmente y el grito de guerra patriótica invadió todos los rincones de la Capital.
Aún así; si después de los motines se hubiese dejado a las familias madrileñas enterrar a sus muertos en paz, y se hubiese procurado aplacar con promesas y muestras de comprensión a las masas soliviantadas, el “Motín de Madrid” hubiera terminado sin graves consecuencias para el resto del país; pero los fusilamientos de La Moncloa, sin justificación ni explicación, que fueron asesinatos gratuitos de las tropas francesas, contra gentes inermes, encendieron aún más los ánimos, y ya fue toda España, o, al menos, una notable mayoría de su población, la que se enfureció contra tamaña torpeza y arbitrariedad.

Las jornadas del 2 y del 3 de Mayo fueron decisivas, pero no determinantes. Aún, en los meses siguientes, se abrieron cauces de diálogo, de entendimiento entre franceses y españoles para evitar una larga guerra que iba a desangrar a ambos países. José I lo vio con claridad y convocó en Bayonne a cuantos quisiesen participar en la ordenación de una España nueva, liberal, progresista y parcialmente revolucionaria. Convocatoria a la que respondieron las mentes más preclaras que entonces tenía el país; entre todos redactaron una Constitución promulgada el 6 de junio de 1808 en Bayonne, que fue la primera que tuvo España, inspirada en la que Napoleón había dado a la Francia Imperial; con escasas libertades y derechos, pero que eran desconocidos totalmente aún para los súbditos españoles.
No es objeto de nuestra conmemoración, ni la Constitución de Bayona - que ha analizado magistralmente Miguel Artola en su trabajo sobre “Los Afrancesados” - ni el desarrollo de la Guerra llamada de La Independencia, por la historiografía tradicional, o “Peninsular” por los historiadores foráneos. No obstante, debo insistir en que la España Constitucional y liberal fracasó por la tozudez y estulticia de los sectores reaccionarios y tradicionales de la Nación. Y la Guerra fracasó también por la estulticia y tozudez del propio Napoleón, y de sus consejeros - no del rey José, que en esto contradecía a su hermano - que no supieron aprovechar la ocasión que les brindaba las “Abdicaciones de Bayona” para tender puentes y vías de entendimiento con la mayoría de los sectores sociales y económicos españoles, que hubieran aceptado amplias y ventajosas condiciones de paz.
No olvidemos que en las Juntas Supremas de Defensa que surgieron en todas las Provincias españolas y en las de Ultramar se integraron desde el principio los elementos más liberales, ilustrados, progresistas y deseosos de cambio en el régimen monárquico.


Si entre mayo y julio de 1808, el rey José I hubiera reconocido la autoridad de esas Juntas Supremas de Defensa como gobiernos provinciales, para sustituir a los Corregidores, Intendentes y demás autoridades borbónicas, y hubiera ordenado retirar los cuerpos del ejercito francés que ocupaban ya la mayoría de la Península Ibérica, el conflicto quizá no se hubiera producido. Pero, cuando el 19 de julio, el triunfante ejercito del mariscal Dupont, después de saquear Córdoba, fue aplastado en Bailén por la impericia y la avaricia de sus mandos, la Guerra se hizo ya irreversible, entrando en una fase mucho más compleja y prolongada que ya no nos corresponde analizar aquí; ya que a lo largo de estos próximos años iniciales del siglo XXI, iremos conmemorando los distintos pasajes y eventos que se produjeron en su trascurso.
He planteado el tema del “Dos de Mayo” desde un enfoque que quizá sorprenda a la mayoría de los aquí presentes. Es un enfoque o punto de vista que parte de considerar que la Historia se desarrolla siempre en una dialéctica de “error-experiencia-progreso”, como lo plantea Toynbee en su acertada teoría del “Reto – Respuesta”; por la cual la sociedad humana ha ido cometiendo equivocaciones a lo largo de los siglos, y de estas equivocaciones y errores ha obtenido experiencia y la sabiduría para avanzar hacia el bienestar y el progreso. Lo malo ha sido cuando ciertos grupos humanos, pueblos o naciones diversas no han sabido asimilar estas experiencias y han seguido cayendo en los mismos desaciertos, en los mismos errores en los que tanteas veces incurrieron en el pasado, sin aprender lo que la Historia les quería enseñar.

Con razón se suele repetir el conocido axioma popular de que “ el hombre es el único animal que tropieza muchas veces en la misma piedra”; especialmente, a lo largo de la Historia.